Simone De Beauvoir

Simone De Beauvoir

Simone de Beauvoir (1908-1986)

“Siempre tengo prisa por ponerme en marcha, aunque en general no me gusta empezar el día -dijo Beauvoir a The Paris Review en 1965-. Primero tomo el té y luego, hacia las diez, me pongo a trabajar hasta la una. Luego veo a mis amistades y después de eso, a kas cinco, vuelvo a trabajar y continúo hasta las nueve. No me resulta difícil retomar el hilo por la tarde”. De hecho, a Beauvoir rara vez le resulta difícil trabajar; en todo caso, más bien sucedía lo contrario: cuando se tomaba sus dos o tres meses de vacaciones al año, comenzaba a aburrirse y a sentirse incómoda a las pocas semanas de estar alejada de su trabajo.

Aun para Beauvoir su trabajo era lo primero, su cronograma diario también giraba en torno a su relación con Jean-Paul Sartre que duró desde 1929 hasta la muerte de él en 1980. (La suya era una unión intelectual con un componente sexual un poco escalofriante; según un pacto propuesto por Sartre al inicio de su relación, los dos podían tener amantes, pero tenían la obligación de contárselo todo mutuamente). Por lo general, Beauvoir trabajaba sola por las mañanas, y después se reunía con Sartre para almorzar. Por las tardes los dos trabajaban juntos en silencio en el apartamento de Sartre. Por las noches, iban a cualquier evento político o social que hubiera en la agenda de Sartre, o al cine, o bebían whisky y es cuchaban la radio en el apartamento de Beauvoir.

El cineasta Claude Lanzmann, quien fuera amante de Beauvoir desde 1952 hasta 1959, experimentó en carne propia este acuerdo. Así describió el inicio de su cohabitación en el apartamento parisiense de beauvoir:

La primera mañana, pensé quedarme en la cama, pero ella se levantó, se vistió y se fue a su mesa de trabajo. ‘Tú trabaja ahí’, me dijo, señalando la cama. De modo que me levanté y me senté en el borde de la cama y fumé y fingí trabajar. No creo que ella me dijera ni una palabra hasta que llegó la hora de comer. Entonces se fue a ver a Sartre y almorzaron juntos; yo a veces me sumaba a ellos. Luego por las tardes ella se iba a la casa de él y trabajaban juntos tres, tal vez cuatro horas. Luego había reuniones, encuentros. Más tarde nos reuníamos para cenar, y casi siempre ella y Sartre hacían un aparte y ella le daba su opinión sobre lo que él había escrito durante el día. Después ella y yo regresábamos (al apartamento) y nos ibamos a dormir. No había fiestas, ni recepciones, ni valores burgueses. Evitábamos por completo todo eso. Estaba solo la presencia de los imprescindible. Era una forma despejada de vivir, una simplicidad construida deliberadamente para que ella pudiera hacer su trabajo.

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W. H. Auden

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W. H. Auden (1907-1973)

“La rutina, es un hombre inteligente, es signo de ambición”, escribió Auden en 1958. Si esto es así, entonces Auden fue uno de los hombres más ambiciosos de su generación.

El poeta era obsesivamente puntual y vivió toda su vida bajo un riguroso cronograma.

“Consulta su reloj una y otra vez -observó una vez un invitado de Auden-. Comer, beber, escribir, ir de compras, hacer crucigramas, incluso la llegada del cartero, todo está cronometrado al minuto y cuenta con rutinas asociadas”. Auden creía que esa vida de precisión militar resultaba esencial para su creatividad, un modo de uncir a la musa a su propio horario. “Un estoico moderno -comentó Auden- sabe que el camino más seguro para disciplinar la pasión pasa por disciplinar el tiempo: decide lo que quieres o debes hacer durante el día, hazlo siempre exactamente a la misma hora cada día, y la pasión no te dará ningún problema”.

Auden se levantaba poco después de las seis de la mañana, se preparaba café y s eponía a trabajar rápidamente, tal vez después de dar un primer pase al crucigrama. Su mente era más lúcida entre las siete y las once y media, y rar vez dejaba de aprovechar estas horas. (Desdeñaba a los noctámbulos: “Solo los ‘Hitlers de este mundo’ trabajan de noche; ningún artista honrado lo hace”).Auden usualmente reanudaba su labor después de almorzar y continuaba hasta el final de la tarde. La hora del cóctel empezaba a las seis y media de la tarde, con el poeta preparando varios martinis bien cargados con vodka para sí mismo y para sus invitados. Luego se servía la cena, con abundante vino, seguida de más vino y conservación. Auden se iba a la cama temprano, nunca después de las once y, al ir envejeciendo, más bien hacia las nueve y media.

Para preservar su energía y concentración, el poeta recurría a las anfetaminas, tomándose una dosis de bencedrina cada mañana del mismo modo en que mucha gente toma un complejo vitamínico. Por la noche, empleaba Seconal y otro sedante para poder dormirse. Siguió esta rutina -que llamaba “la vida química” -durante veinte años, hasta que finalmente las píldoras fueron perdiendo su eficacia. Auden consideraba las anfetaminas uno de esos “inventos que ahorran trabajo” en la “cocina mental”, junto con el alcohol, el café y el tabaco, aunque era consciente de que “estos mecanismos son muy toscos, tienden a perjudicar al cocinero, y fallan constantemente”.

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Marilynne robinson

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Marilynne Robinson (1943)

“En realidad soy incapaz de cualquier disciplina”, dijo Robinson a The Paris Review en 2008.

Escribo cuando algo me atrae poderosamente. Cuando no tengo ganas de escribir, no tengo absolutamente ninguna gana de escribir. He intentado un par de veces esa compulsión ética de trabajar -no puedo decir que haya agotado sus posibilidades-, pero si en mi mente no hay algo sobre lo que realmente quiera escribir, tiendo a escribir algo que detesto. Y eso me deprime. No quiero ni verlo. No quiero dedicarle ni el tiempo que tarda en volverse humo que sale por la chimenea. Tal vez sea cuestión de disciplina, o de temperamento, ¿Quién sabe?

No en balde, Robinson carece de horario específico para escribir, aunque sí saca partido de sus frecuentes insomnios. “Tengo un insomnio benévolo -dijo-. Me levanto, y mi mente está prodigiosamente lúcida. El mundo está en silencio. Puedo leer o escribir. Parece como tiempo robado. Parece como si tuviera un día de veinticuatro horas”.

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Maira Kalman

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Maira Kalman (1949)

Esta ilustradora, pintora y diseñadora neoyorquina se despierta temprano, a eso de las seis de la mañana, hace la cama y lee los obituarios. Luego sale a pasear con una amiga, regresa a casa, desayuna, y -si tiene que entregar un trabajo con urgencia- se dirige a su estudio, ubicado en el mismo edificio que su apartamento. “No tengo teléfono, ni correo electrónico, ni comida ni nada que me distraiga (en el estudio) -dijo en un correo electrónico reciente-. Tengo música y trabajo. Hay una tumbona por si necesito una siesta. Y al caer la tarde a menudo la necesito”.

Si se aburre de estar solo en su estudio, Kalman se va a un café a escuchar el bullicio de las conversaciones, toma el metro para visitar un museo, o sale a caminar por Central Park. “pierdo tan solo el tiempo que necesito perder”. “Hay cosas que me ayudan a estar de ánimo para trabajar. Limpiar es una de ellas. Planchar es buenísimo. Dar un paseo siempre es inspirador. Como mi trabajo se basa a menudo en lo que veo, me agrada acumular y cambiar imágenes hasta el último momento”.

A veces Kalman se pasa varios días sin meterse en su estudio. Sus jornadas de trabajo terminan a las seis de la tarde. Jamás trabaja por las noches. “Parecería una existencia tranquila -dijo Kalman-. La tempestad es invisible”.

GEORGE ORWELL

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George Orwell (1903-1950)

En 1934, se encontró en un aprieto típico de un aspirante a escritor. Pese a haber publicado a escritor. Pese a haber publicado su primer libro el año anterior -Sin Blanca en París y Londres, que fue en general muy bien recibido-, no lograba vivir solo de escribir. Pero los míseros puestos de maestro que había ocupado hasta entonces apenas le dejaban tiempo para escribir y lo marginaban de la sociedad literaria. Afortunadamente, la tía de Orwell encontró una solución que le resultó atractiva: un trabajo a tiempo parcial como asistente en una librería de segunda mano en Londres.

Aquel puesto en Booklovers´ Corner resultó ideal para el soltero de treinta y un años que era Orwell. Se despertaba a las siete, salía para la tienda a las nueve menos cuarto, y permanecía allí una hora. Luego tenía tiempo libre hasta las dos de la tarde, momento en que regresaba a la tienda y trabajaba hasta las seis y media. Esto le dejaba unas cinco horas y media para escribir por las mañanas y en las primeras horas de la tarde, las cuales, convenientemente, eran sus horas de mayor alerta mental. Y una vez concluida su jornada de escritura, podía bostezar alegremente durante las largas tardes en la tienda, disponiéndose a disfrutar de más horas libre por la noche, tiempo que empleaba en pasear por el vecindario o, más tarde, dando vueltas ante una nueva compra: una cocinilla de gas conocida como la Parrilla del Soltero, que le permitía asar a la brasa, hervir y freír, para agasajar modestamente a las visitas en su pequeño apartamento.

Ver Película ANIMAL FARM – Rebelión en la Granja.

 

Gerhard Richter

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Gerhard Richter (1932)

Richter se despierta a las seis y cuarto todas las mañanas, prepara el desayuno para su familia y lleva a su hija a la escuela a las siete y veinte. Entra a su estudio, situado en el patio trasero de la casa, a las ocho, y no sale de allí hasta la una. luego almuerza lo que le sirve la asistenta en el comedor: yogur, tomates, pan, aceite de oliva y una infusión de manzanilla.

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Después de almorzar, regresa al estudio y trabaja hasta la noche, aunque reconoce que no está concentrado todo ese tiempo. ” Entro al estudio todos los días, pero no pinto todos los días”, le dijo a un periodista en 2002.

Me encanta jugar con mis modelos arquitectónicos. Me encanta hacer planos, Podría pasarme la vida ordenando cosas. pasan semanas y no pinto, hasta que por fin no puedo soportarlo más. Me harto. Casi no quiero hablar de esto para no volverlo algo consciente, pero tal vez genero esas pequeñas crisis como una especie de estrategia secreta para forzarme. Es un peligro esperar a que se te ocurra una idea. Tienes que encontrar la idea.

Charles Schulz

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Charles Schulz (1922-2000)

Durante casi cincuenta años, Schulz dibujo él mismo todas y cada una de las 17.897 tiras cómicas de Peanuts, sin ayuda de sus asistentes. Producir seis tiras diarias y una página dominical exigía un horario regular, y Schulz cumplía sus deberes de una manera estricta y profesional, dedicando a Peanuts siete horas al día, cinco días a la semana. Los días de semana se levantaba al rayar el alba, se duchaba, se afeitaba y despertaba a sus hijos para desayunar (casi siempre tortitas, preparadas por su esposa).

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A las ocho y veinte, llevaba a los niños a la escuela en la furgoneta familiar, parando para recoger también a los niños de su vecina. Luego era la hora de sentarse ante la mesa de dibujo, en su estudio privado adjunto a la casa. Comenzaba garabateando con el lápiz mientras su mente vagaba; su método habitual era “simplemente sentarme a pensar en el pasado, como dragando recuerdos feos y cosas así”. Sin embargo, una vez que se le ocurría una buena idea, trabajaba rápidamente y con intensa concentración para llevarla al papel ante de que se le agotase la inspiración.

Schulz no salía de su estudio para almorzar -casi siempre tomaba un bocadillo de jamón y un vaso de leche- y seguía trabajando aproximadamente hasta las cuatro, hora en que sus hijos regresaban de la escual. la regularidad de la tarea se avenía con su temperamento y lo ayudaba a enfrentar la angustia crónica que padeció durante toda su vida.

“Me sentiría terriblemente mal si no pudiera dibujar tiras cómicas -dijo una vez Schulz-. Me sentiría muy vacío si no me permitieran hacer este tipo de cosas”.

Charles Schulz with Snoopy